Cómo una madre es capaz de usar a sus propias

El terror de mamá kamikaze y su numerosa familia bomba


Cómo una madre es capaz de usar a sus propias hijas como niñas bomba. Está ocurriendo en Indonesia. Ya van tres familias numerosas kamikazes

Aquí la historia de los pioneros. Los primeros en saltar por los aires con una moto-bomba fueron los dos niños, luego mamá Puji se inmoló con sus hijas y cerró la barbarie el padre. Habían regresado a su país tras estar en Siria alistados al IS

Los vecinos de Dita Oepriarto y Puji Kuswati definieron a la pareja como una familia ordinaria cuyos hijos solían juguetear con el resto frente a la acomodada vivienda en la que residían. Una residencia por encima de la media local, que al precio actual -indicó Khorihan, uno de los responsables del barrio, a la prensa local- costaría unos 1.500 millones de rupias (unos 90.000 euros). «No les faltaba el dinero. Solían vender aceites de diversos tipos, de sésamo, de comino», precisó un vecino citado por la página Suryamalang. «Él era amable, familiar con los vecinos. Activo socialmente. Una persona ordinaria viviendo en un barrio normal», declaró Binawan Widiarto, otro residente. Las dos niñas más pequeñas, Fadhila Sari, de 12 años, y su hermana, Famela Rizquita, de sólo 9, eran aficionadas a las bicicletas.

«Sus hijos solían jugar frente a nuestra casa. Jugaban al fútbol, con las bicicletas, recogían flores», añadió Widiarto. El domingo, la policía descubrió que la pareja había utilizado a las dos menores para otros menesteres más truculentos. Según declaró el general de la Policía, Tito Karnavian, Puji también colocó explosivos en los cuerpos de sus hijas antes de llevárselas a la iglesia donde se inmolaron. Lo comprendieron al encontrar los restos de las dos niñas. Como todos los suicidas sus restos estaban divididos en trozos.

«La parte alta y las piernas estaban intactas», dijo. Dita Oepriarto había nacido el 9 de septiembre de 1971. Puji Kuswati, cuatro años más tarde: el 16 de junio de 1975. La pareja tuvo primero dos hijos varones: Yusuf y Firman. Ambos solían acompañar a Dita a una mezquita cercana. Su vecino Abi Akbar recuerda que esa misma jornada dominical se los encontró en el rezo de la madrugada. Esa vez, en vez de besar la mano de su padre, Yusuf y Firman se abrazaron a él durante largo rato. «Como si fueran a separarse. Pero en ese momento no parecía sospechoso porque son familiares», dijo a la prensa local.

Horas más tarde, a las 7:30 de la mañana, una cámara fija les grabó a los dos chavales de 18 y 16 años mientras montaban la misma motocicleta y se aproximaba al templo católico de Santa María. Segundos después se veía cómo saltaban por los aires. El atentado suicida fue el primero de los tres que llevaron a cabo los 6 integrantes del clan Oepriarto y el detonante de una oleada de violencia que confirmó que Indonesia ha recuperado el triste espectro del extremismo que sufrió durante la década de los 90, alcanzó su clímax con las devastadoras explosiones de Bali en 2002 y se extendió hasta 2009.

El recurso a niños suicidas lleva siendo una constante entre las brutales tácticas utilizadas por el Estado Islámico (IS). En Irak, cuando declinaba por primera vez su poder en 2008, llegaron a establecer todo un batallón de menores al que apodaron los Pájaros del Paraíso.

Sin embargo, en Asia esta era una práctica desconocida hasta ahora. Lo mismo que el hecho de que esta última oleada de sucesos haya sido protagonizada por 3 familias al completo, que de forma conjunta decidieron morir aferrados a la bandera el IS.

«Esta debe ser la primera vez en el mundo que los padres se llevan a sus hijos para inmolarse juntos», escribió Sidney Jones, directora del Instituto de Análisis de Política de Conflicto. El lunes emulando el desquiciado comportamiento de Dita y Puji -de los que eran amigos-, Tri Murtiono cargó a su familia en dos motos y se dirigió repleto de explosivos al cuartel general de las fuerzas de seguridad de Surabaya. Cuando el vehículo fue interceptado por los agentes Tri accionó la carga y se voló junto a su mujer y dos niños. El vídeo que captó otra cámara permite ver cómo un agente consigue evacuar a la pequeña Ais, de 8 años, que sobrevivió al estallido aunque resultó herida.

«No llevaba explosivos pero salió despedida en el aire. Está consciente», dijo el general Machfud Arifin. Cuando la policía registró la vivienda familiar descubrió hasta 54 bombas caseras. El mismo domingo por la noche el tercer clan vinculado al Estado Islámico se veía diezmado al detonar la carga que manipulaban accidentalmente. El estallido se registró a las 20:30 y sacudió el apartamento del 5 piso. Las imágenes que grabaron los vecinos y colgaron en Facebook permiten apreciar el reguero de residentes que huye por las escaleras entre gritos.

Según Mohamed Iqbal, un portavoz de la policía local, el progenitor de esta saga, Anton Febrianto, de 47 años, alternaba su humilde profesión (vendía pasteles caseros) con su militancia extremista. Esa noche se encontraba preparando un artefacto «para usarlo en otro objetivo» -añadió Iqbal-, pero «estalló prematuramente». El suceso mató a su esposa, Puspitasari, a uno de sus hijos y dejó herido de extrema gravedad al propio cabeza de familia.

Cuando las fuerzas de seguridad entraron en la vivienda no lo dudaron. Le remataron a tiros. «Sus manos todavía se movían, así que lo paralizamos», agregó Iqbal. Los agentes lograron rescatar a tres de los chavalines, que permanecen ingresados en otro hospital. La conversación de los agentes con los 4 chiquillos supervivientes de estos atentados ha permitido reconstruir parte de esta red fundamentalista, que según la policía solía mantener a los menores aislados del resto de la comunidad, no les llevaban al colegio y les hacían participar cada domingo en sesiones de plegaria junto a los mismos adultos que después les impulsaron a sumarse a los ataques suicidas.

Allí les proyectaban vídeos de las acciones del IS en Siria e Irak. «Se reunían cada domingo tras el rezo del mediodía y les mostraban vídeos (violentos) sobre la Yihad», narró el general Machfud Arifin. El uniformado también indicó que los muchachos recibían lecciones sobre cómo fabricar explosivos bajo la tutela de un clérigo que todavía permanece en paradero desconocido.

«Los padres adoctrinaron a los niños, así que cuando la madre les dijo que se colocaran bombas, lo hicieron», apostilló el oficial. El alcalde de Surabaya, Tri Rismaharini, añadió que uno de los dos vástagos de Kuswati ya había revelado su ideología radical al negarse a participar en la ceremonia de izado de la bandera nacional o asistir a clases de Pancasila, el ideario oficial de Indonesia que defiende un estado secular. «Querían ir al cielo juntos», dijo Arifin. En su vida diaria tanto Dita Oepriarto como Puji Kuswati mantenían un perfil afín al de cualquier matrimonio de clase media, sin ningún signo especial que pusiera de relieve sus convicciones. Puji solía difundir en Facebook fotos de sus pequeños, de la familia haciendo rafting, mascotas o paisajes bucólicos, pero ninguna de ellas vinculada a la tradicional simbología del extremismo islamista.

Entre su páginas favoritas figuraban dibujos animados como Tom y Jerry, o Fanboy & Chum Chum, y películas de la misma temática como Cars, Ratatouille, Madagascar 3 o el Rey León. El lunes, los padres de la suicida, instalados en la pequeña población en el este de la isla de Java, tuvieron que recluirse en su vivienda ante la confluencia en esta localidad de todo un tropel de periodistas que intentaban averiguar más información sobre Puji.

«Estamos bajo shock, nos enteramos la noche del domingo por las noticias», declaró H. Rosiono, el único representante de esa saga que aceptó hablar con los informadores. El padre, H. Koesni, es uno de los comerciantes de hierbas tradicionales más conocidos del pueblo y según Rosiono siempre se mostró reacio a otorgar su beneplácito a la unión de su hija con Dita precisamente por diferencias en torno a su posición ideológica.

«La familia no estaba de acuerdo. Su marido parecía un poco raro, especialmente en cuanto a su comprensión de cuestiones religiosas. La familia le rechazó pero el siguió empeñado en casarse», observó. Indonesia se enfrenta a la enorme problemática que representa el regreso de los militantes que viajaron a Siria para enrolarse en las filas del Estado Islámico.

Según Jakarta, al menos 1.100 indonesios se desplazaron hasta la nación árabe, donde llegaron a establecer la llamada Katibah Nusantara, que se convirtió en reclamo para la afluencia de numerosas familias. La policía estima que la mitad continúa allí y casi un centenar han muerto en la conflagración, mientras que el resto ha vuelto al país. «Es un desafío porque en su cabeza se encuentra la ideología del IS», precisó el jefe de la policía de Indonesia,Tito Karnavian.

El mismo personaje indicó que entre los retornados figuraba Dita Oepriarto, Puji Kuswati y sus hijos, que fueron arrestados en Turquía antes de poder cruzar a Siria.

Sidney Jones, una experta en movimientos extremistas en Indonesia, llegó a estimar que al menos un 45 por ciento de esos militantes eran en realidad mujeres y niños, que viajaron junto al padre del clan. La misma especialista añadió meses después en un tuit que entre los primeros 137 indonesios que fueron repatriados desde Turquía en 2017, el 79,2 por ciento eran mujeres y niños menores de 15 años.

En agosto de 2015, 27 miembros de una misma familia que incluía desde bebés hasta un abuela de 78 años en silla de ruedas intentaron viajar a Siria. La matriarca murió en ese país junto a otros dos integrantes de ese singular grupo, mientras que 17 regresaron a Indonesia el año pasado. «Cuando dices yihadista tu imagen es la de un combatiente masculino, pero muchos indonesios se fueron con sus familias con el objetivo erróneo de hacer crecer a sus hijos en un estado islámico puro», sostuvo Jones. En un país como Indonesia, dominada por el impacto de las redes sociales y donde más de 150 millones de personas utilizan internet de forma regular, el gobierno del presidente Joko Jokowi Widodo lleva meses intentando poner coto a la diseminación del ideario extremista a través de estas plataformas, que están sirviendo como enganche para toda una nueva generación de militantes.

La manipulación de los infantes ha sido una constante entre los adeptos del IS en Indonesia. En 2015, las redes sociales de ese país asistieron a la difusión de la imagen de un recién nacido al que se exhibía tendido entre una granada de mano y un AK-47, y otros vídeos en los que se podía apreciar a menores de 6 o 7 años portando uniformes y entrenándose con ametralladoras.

La participación de féminas en las acciones desquiciadas de esta nebulosa extremista ya fue anticipada tras la detención en Jakarta en diciembre de 2016 de dos mujeres que pensaban volarse frente al palacio presidencial. Una de ellas, Dian Yulia Novi, considerada ahora como la primera mujer bomba en la historia de este país musulmán, fue condenada en el 2017 a 7 años y medio de cárcel. Durante el juicio se descubrió que había planeado su acción cuando estaba embarazada.

Los radicales también habían instado a una adolescente de 17 años a intentar inmolarse en una iglesia de Medán -en la isla de Sumatra- en agosto de 2016, aunque el chaleco explosivo que portaba falló.

Todo un giro en la larga historia de los movimientos radicales de Indonesia, donde los expertos recuerdan la casi total ausencia de mujeres de ese país que viajaran a Afganistán para participar allí en la yihad contra los soviéticos o su rol pasivo en las facciones que se establecieron en Mindanao, tras el éxodo de militantes que siguió a los atentados de Bali y la subsiguiente ofensiva policial.

Para Solahudin, autor del libro Las raíces del terrorismo en Indonesia y otro de los expertos más reputados en el radicalismo islamista de ese país, el recurso a esta nueva táctica tiene dos explicaciones principales. Una puramente mediática.

«Los terroristas necesitan a los medios para esparcir el miedo y saben del valor de las noticias. Saben que un adulto que se vuela ya es algo normal, por eso usan ahora niños y mujeres. Es algo extraordinario y por eso recibirá una cobertura muy amplia», expuso durante una conferencia que se celebró este miércoles en Jakarta.

La segunda sería táctica, para ocultar las posibles sospechas policiales. El experto de la Universidad de Indonesia reveló que el propio Dita Oepriarto había sido sometido a vigilancia durante 4 meses pero «no se detectó ninguna actividad sospechosa porque actuó junto a toda su familia». El experto incidió en que las redes sociales están ayudando a difundir y acelerar el proceso de radicalización de estos militantes. Como ejemplo citó un estudio que realizó el año pasado con 75 extremistas condenados por participar en acciones violentas. Dijo que el 85 por ciento pasó a la acción en menos de un año desde su «conversión». En los años previos a la explosión de las plataformas y chats virtuales, esos mismos activistas requerían entre 5 y 10 años para planificar un ataque, puntualizó.

Source: elmundo.es