La ciudad estorba a la ciudad. Las ciudades nacieron como

La ciudad estorba a la ciudad


La ciudad estorba a la ciudad. Las ciudades nacieron como un gran invento de convivencia cooperativa. Para los desentendidos de lo agrícola y los preocupados por su vulnerabilidad ante los enemigos y las inclemencias, las ciudades ofrecían servicios variados y comunes, más seguridad frente al invasor apandador, ofertas múltiples de trabajo y ocio, viviendas cada vez más confortables y, en fin, todo eso que sabemos.

No hay que irse a las grandes metrópolis de millones y millones de habitantes, en vastas superficies con distancias kilométricas y desigualdades clamorosas, para detectar que los habitantes de las ciudades están experimentando grandes molestias. El otro día lo decían por la tele, y por algo sería: la gente quiere irse al campo. ¿Seguro? ¿Qué sabe la gente lo que es vivir en el campo? ¿No se vinieron los del campo a las ciudades hasta dejar media España famosamente vacía?

He oído decir que Madrid se ha vuelto imposible porque, un día sí, otro no, hay una carrera solidaria por sus calles. Se ha descubierto que echarse a correr por una de las innumerables causas justas que tenemos a nuestra disposición corta el tráfico y coarta la movilidad de los demás, muchos de los cuales correrán otro día por otro de los motivos accesibles en el mercado de los fines encomiables. Lo mismo te digo de las manifestaciones. La ciudad está perdiendo dos grandes virtudes: el humor y la liberalidad. Toda movilización es un fastidio para quien no se moviliza ese día. La prisa era el gran tópico sobre lo indeseable de la gran ciudad, pero hemos pasado de la prisa a correr a toda hora.

Cada día hay eventos -así se llaman- deportivos, religiosos, políticos, culturales o comerciales que crean aglomeraciones paralizantes e impiden que los coches circulen a su bola. Los coches sufren muchísimo, y nosotros, como siervos suyos, también. No hay murallas protectoras, y oleadas de turistas invaden la ciudad huyendo de la invasión que padece la suya. No es muy inteligente, pero es una venganza en toda regla. Ahora bien, criar cerdos en el campo ni nos imaginamos lo sacrificado que es. Y casita rural a casita rural, si vamos a eso, haremos del campo un Manhattan de miel y gallinitas.

Source: elmundo.es